El director de Gestión de la Energía de IGNIS, José Ramón Arechederra, analiza cómo afectan estos episodios tanto al consumo como a la generación
España afronta una nueva ola de calor. En estos días, además de aumentar las temperaturas, se pone a prueba el funcionamiento del sistema eléctrico. Aumenta la demanda, varían la disponibilidad y el rendimiento de algunas tecnologías de generación y, por ello, se vuelve aún más importante anticiparse a la evolución del mercado.
El director de Gestión de Energía de IGNIS, José Ramón Arechederra, explica cómo afectan estos episodios tanto al consumo como a la generación eléctrica, por qué pueden provocar un aumento de los precios y de qué manera la previsión y la optimización de los activos permiten responder de forma eficiente a un entorno cada vez más exigente.
Lo primero que cambia es el perfil de demanda. El consumo aumenta por el uso intensivo del aire acondicionado y la refrigeración, especialmente durante determinadas horas del día. Esto se refleja inmediatamente en el funcionamiento del mercado: las puntas se vuelven más exigentes y es necesario recurrir a tecnologías gestionables, como los ciclos combinados o la hidráulica, para cubrirlas.
En esos momentos, este tipo de activos gana protagonismo. En nuestro caso, por ejemplo, la hidráulica permite concentrar producción en las horas de mayor demanda y participar activamente en los servicios de balance del sistema.
El precio no aumenta simplemente porque haga calor, sino porque el incremento de demanda obliga a incorporar tecnologías adicionales para cubrirla. Cuando la generación renovable disponible no es suficiente, entran en el mercado centrales con costes de producción más elevados, que terminan condicionando el precio de esas horas.
Por tanto, el resultado depende de la combinación entre demanda, producción renovable disponible, capacidad hidráulica, generación térmica e intercambios con otros mercados.
Sí, aunque de forma distinta según la tecnología. Las altas temperaturas reducen el rendimiento de los paneles fotovoltaicos y también pueden afectar a la eficiencia de las centrales térmicas. Además, los episodios de calor pueden coincidir con una menor disponibilidad de algunos recursos, como el viento o el agua, aunque esto depende de las condiciones concretas de cada momento.
Por eso no basta con anticipar cuánto subirá la demanda: también es necesario prever qué tecnologías estarán disponibles para atenderla y cómo se comportará cada una.
En los activos gestionables, como la hidráulica, significa decidir en qué horas resulta más valioso producir, qué energía reservar para atender las puntas y cómo participar en los servicios de balance.
En los activos renovables, nuestra actividad no consiste en decidir cuándo producen, sino en elegir continuamente cómo colocar esa energía entre los distintos mercados. La entrada de tecnologías gestionables para cubrir las puntas modifica las relaciones de precios y puede abrir diferencias entre el mercado diario, los mercados intradiarios y los servicios de balance.
Conocer bien esas dinámicas nos permite actualizar previsiones, recolocar posiciones y decidir en qué mercado resulta más eficiente vender cada megavatio. En un momento de precios elevados, una buena gestión consiste tanto en capturar oportunidades como en evitar que un error de previsión o posicionamiento destruya parte del valor de la producción.
Las primeras señales pueden observarse con varios días de antelación a través de las previsiones meteorológicas y de demanda. A partir de ahí, la estrategia se actualiza continuamente conforme mejora la información sobre temperaturas, producción renovable y disponibilidad del resto de tecnologías.
No se trata de tomar una decisión única varios días antes, sino de construir una posición inicial y ajustarla progresivamente hasta el tiempo real.
Si estos episodios extremos se vuelven más frecuentes, será todavía más importante combinar previsiones meteorológicas y de demanda cada vez más precisas con capacidad de actuación en tiempo real.
La optimización tendrá que ser más dinámica, automatizada e integrada, incorporando progresivamente baterías, demanda flexible y otros activos capaces de responder cuando el sistema está más tensionado.
El valor estará cada vez menos en limitarse a vender la energía producida y más en entender cómo cambia el sistema y adaptar continuamente la operación y la estrategia de mercado.